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Las etiquetas no definen bien la realidad.

Experiencia histórica y personal.

Género, transgénero, transexualidad, intersexualidad, bisexualidad, homosexualidad, identidad... A lo largo del último siglo hemos ido ampliando nuestro vocabulario a medida que nuestra comprensión de la diversidad sexual ha ido creciendo, y con este nuevo vocabulario hemos ido escribiendo un discurso que pretende situar y explicar cada una de las múltiples manifestaciones de esa diversidad.

La mirada del observador.

Sin embargo, al enfrentarnos al pasado e intentar aplicar determinados conceptos y entender cómo encajan y se relacionan con las comunidades en que se manifiestan, nos encontramos con ciertos problemas; porque, si bien en todas las sociedades han existido comportamientos sexuales diversos, también es cierto que la homosexualidad es, además de una experiencia personal, una experiencia histórica.

Por lo tanto, decir que Sócrates era gay, Safo, lesbiana o Juana de Arco, transexual es bastante absurdo. De igual modo, comparar la pederastia griega con la sodomía medieval, con la homosexualidad patológica de los siglos XIX y XX o con la identidad gay actual no tiene ningún sentido más allá de reafirmar nuestra moderna visión de esa diversidad sexual, ya que la dota de antecedentes y referentes históricos claros. Aunque esto implique una mera proyección de estereotipos y conceptos que, posiblemente, nada o poco tengan que ver con la realidad histórica de la variabilidad de las prácticas sexuales.

Desde nuestra posición de meros sujetos-observadores, lo que sí podemos constatar a lo largo de la historia, sin caer en el subjetivismo indemostrable de las etiquetas, es que la diversidad sexual, si bien es omnipresente, se manifiesta de muy diversos modos dependiendo del entorno histórico y sociocultural, y que es dentro de este entorno donde cada sociedad o cultura ha ido creando espacios o modelos en que los individuos se mueven y donde se redefinen ideas y conceptos como los actuales de género, identidad, orientación, homosexualidad, intersexualidad, etc.

Los espacios comunes.

A grandes rasgos, esos lugares comunes donde el comportamiento homosexual se inscribe podrían clasificarse de la siguiente manera:

En el primero, se mantendría la división pasivo-activo que reproduce la dicotomía macho-hembra, en el que cada uno de los individuos asume un rol social determinado y permanente. El activo, en este caso, no sería por lo tanto un "homosexual" sino un "hetero", "normal" o "bisexual" del que se espera que se case, procree y participe en la comunidad como cualquier otro hombre. Del pasivo, sin embargo, se espera que se comporte como una mujer y adopte el rol sumiso que normalmente le corresponde a estas, tanto en el aspecto sexual como en el aspecto social, con lo que su integración tendrá mucho que ver con el rol y el estatus de las mujeres dentro de esas mismas comunidades. Aquí la homosexualidad y la transexualidad se confunden y aspectos como la asignación de género o la propia identidad de género son mucho más relevantes. El pasivo pasa a formar parte, en ciertos casos, de lo que algunos han llamado "tercer sexo". La homosexualidad femenina, por lo menos la históricamente visible, también encajaría dentro de este modelo de roles, si bien en estos casos el aspecto puramente sexual no resulta siempre tan evidente.

El segundo gran modelo de comportamiento homosexual, más o menos integrado en diversas culturas como la griega o musulmana, y relativamente corriente en algunas regiones de Africa y Oceania, es la que se da entre un adulto y un joven. La característica principal en este es que el rol pasivo del más joven no afecta a su desarrollo posterior y a su integración como "hombre" dentro de esa comunidad. La relación no se establece tanto sobre la base del modelo binario mujer-hombre, sino en el de maestro-alumno o protector-protegido, y finaliza (supuestamente) cuando el joven alcanza una cierta madurez. Este tipo de manifestación homosexual es casi exclusivamente masculina aunque podemos encontrar en Grecia algún ejemplo femenino de similares características. Sin embargo, como en casi todo lo referente a la sexualidad femenina, resulta muy complicado (por no decir imposible) establecer unos modelos de relación homosexual mínimamente visibles y estructurables. La sexualidad femenina, cuando no ha sido ignorada, se ha limitado a su función reproductora y receptora de la sexualidad masculina. Y en el tema que nos ocupa, esa invisibilidad es aún más patente, exceptuando quizás, y como había apuntado antes, cuando hablamos de asunción de roles sociales.

En tercer lugar, encontramos un tipo de relación en la que los dos individuos adultos se relacionan supuestamente de igual a igual, como hombres (o mujeres), y donde los papeles sexuales no están predeterminados. Este modelo es el actualmente predominante en la cultura occidental y sobre este hemos ido construyendo el actual discurso identitario.

No obstante, la visibilidad de este tipo de relaciones es poco frecuente en la historia y socialmente han sido consideradas una perversión o una anormalidad ya que con ellas se cuestiona la estructura social "natural", lo que para la gran mayoría de las sociedades es totalmente inaceptable. Y por esto, aunque nadie pueda dudar que hombres y mujeres homosexuales se han relacionado entre ellos como iguales a lo largo de la historia, nunca hasta ahora se ha podido aspirar a ser reconocido o integrado socialmente, permaneciendo siempre dentro de la esfera de lo privado y oculto.

Esto explica en gran medida cómo, incluso en culturas que podríamos considerar tolerantes con la diversidad sexual, el comportamiento homosexual (en general) siempre ha estado perseguido y castigado por el poder, ya que fuera de los espacios asignados, su existencia cuestiona el orden, la jerarquía, las estructuras y los roles, tan necesarios por otro lado en sociedades más primitivas donde la supervivencia y el bienestar dependen del grupo o la familia. Algo que incluso hoy en día es evidente en las manifestaciones homofóbicas de determinados sectores, que ven en esa visibilidad y sobre todo en la alternativa que esta presupone, una amenaza al modelo único de familia y sociedad que ellos defienden. Un modelo que en nuestras sociedades urbanas, capitalistas y cosmopolitas ya no resulta ni necesario ni atractivo para la gran mayoría de los ciudadanos y ciudadanas, que rechazan el encaje forzado dentro de cualquier estructura rígida e inamovible. Un modelo que, para aquellos que deciden vivir su vida o identidad sexual de un modo libre, implicaría renunciar a ser visible, tal y como defiende esa corriente conservadora y "bien intencionada" de homófobos liberales que tan de moda parece estar.

Las claves.

Es por tanto, y sobre todo, dentro de estos lugares comunes donde nos tenemos que mover si queremos entender cómo la diversidad sexual y particularmente el comportamiento homosexual se han manifestado históricamente y cómo los individuos se han relacionado sexual y socialmente más allá de la "normalidad heterosexual".

Como observadores, eso implica, por lo tanto, renunciar a ir rebuscando en el pasado argumentos que justifiquen una cierta visión identitaria de la homosexualidad tal como la entendemos a día de hoy, y nos obliga incluso a estar abiertos y dispuestos a replantearnos ciertos conceptos que hemos ido integrando en el último siglo o incluso décadas.

Sin embargo, tampoco podemos olvidar que más allá de los comportamientos, de las estructuras, de las manifestaciones y de las sociedades están las personas. Individuos que no eran muy diferentes de los gays, bollos, trans y mostaceros de hoy en día, o de ti y de mí, y que más allá del momento o del lugar que les tocó vivir, sentían, amaban (y se ponían calientes) como cualquiera de nosotros y nosotras. Porque la diversidad sexual, si bien es una experiencia histórica, es también y ante todo una experiencia personal.

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