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La visibilidad que genera la celebración del orgullo gay es muy importante.

Sí, pero...

Ya sólo queda una semana para que en multitud de ciudades del mundo se celebre el dia del orgullo. En españa, "un pequeño oasis de tolerancia lgtbi", como cada año lo celebraremos saliendo a la calle, medio desnudos o disfrazados de drags, con pelucas, rímel y gloss. Iremos con nuestras camisetas reivindicativas de Moscas de Colores, subidos a las carrozas, bebiendo, cantando y bailando al ritmo de Fangoria o del hit anual marica de Leticia Sabater, exhibiendo esos musculosos cuerpos trabajados en los gimnasios y dorados en las cabinas de rayos uva, con la única intención de escandalizar y restregar en la cara de la moralista y bienpensante sociedad, nuestra disoluta forma de ser.

También, como cada año, se alzarán las voces de algunos honrados ciudadanos españoles, que desde la buena voluntad, la tolerancia o incluso desde la cercanía y simpatía que les produce tener amigos y conocidos que comparten nuestro pequeño problema, nos aconsejarán e incluso recriminarán, que hayamos convertido una reivindicación en un carnaval o en un show donde se muestra lo peor de la comunidad lgtbi, haciendo un alarde incomprensible y hasta intolerable, de lo que para cualquier persona normal es parte de su intimidad.

-”¿Orgullo de qué? ¿de ser invertidos? ¿de ser raritos?”

-”La gente normal no hace esas cosas, la gente normal no sale por ahí a hacer propaganda de su vida sexual. ¿A quién le importa a quien metes en tu cama? ¿Es que la gente hetero sale por ahí a hacer manifestaciones y a cortar las calles gritando que se acuestan con menganita o fulanito?”

-”Ya está, lo habéis conseguido, sois normales, no hay nada que reivindicar. Ya no se os encierra en manicomios o cárceles, ni se os somete a terapias aversivas para intentar que seáis como los demás. Ya nadie os considera enfermos, tenéis los mismos derechos. No recibís palizas, os tratamos como a nuestros iguales, incluso ya os podéis casar y adoptar hijos.”

-”Volved a vuestra casa y comportaros como gente normal. ¿Es que no es suficiente? ¿Qué más queréis? ¿Orgullosos de qué?”

Igualdad condicionada.

Seguro que alguna vez habréis escuchado alguna de las frases anteriores, y junto a éstas, el tan típico "Sí, pero..." que se repite una y otra vez en boca de los de siempre. ”Sí, son iguales pero...”, “Sí, tienen que tener los mismos derechos, pero que no lo llamen matrimonio“, “pero que no lo enseñen en las escuelas”, “pero lo de adoptar no lo veo claro”, pero, pero, pero...

Es la reivindicación del orden (del suyo, por supuesto), donde la normalización y la asimilación son el único camino, y el silencio es el precio que deberíamos tener la decencia de pagar por el privilegio que se nos concede, de formar parte de su sociedad. ¡Qué menos! ¿no?

Este "sí, pero.." es el que el escritor Alberto Mira, en su libro “De Sodoma a Chueca”, define como “el principio retórico que caracteriza cualquier manifestación de lo que llamamos homofobia liberal”.

Una expresión que, si bien se supone herencia de la homofobia progresista del siglo XX y aunque es cierto que suena a oxímoron (no hay nada menos liberal que la discriminación), a nosotros nos encanta, ya que define perfectamente ese típico discurso de la derecha pseudo liberal conservadora bien pensante española, y supongo que del resto del mundo.

¿Quién no ha oído ha oído a Ana Botella, a Rouco Varela, a Reig Pla o incluso a nuestra ex Reina Sofía intentando justificar lo injustificable?. La igualdad condicional, la igualdad con excepciones. Sí, todxs somos iguales, pero...

La tipología del odio.

La homofobia (lesbofobia, transfobia, bifobia, etc) se manifiesta de muchos modos, incluso en nuestras sociedades de derechos igualitarios es omnipresente en sus diferentes formas. Exteriorizada y visible en leyes, insultos y agresiones o interiorizada cuando los mensajes negativos asociados a la diferencia son asimilados consciente o inconscientemente. Un tipo de homofobia, este último, que nos afecta a todos, con independencia de nuestra orientación y que en jóvenes homosexuales, y no tan jóvenes, provoca serios conflictos personales cuando deben enfrentarse a la contradicción entre lo aprendido y su propia identidad. Y dentro de estos dos tipos generales podemos distinguir otras tipologías más concretas.

La homofobia cognitiva, que se nutre de los estereotipos, la ignorancia y del manejo de ideas erróneas y negativas asociadas a conceptos como lo natural o lo antinatural.

La homofobia afectiva, que es alimentada por la primera, pero que tiende a ser más visceral e irracional y que se manifiesta en el rechazo que a algunos les produce relacionarse con homosexuales.

La homofobia conductual, que es la expresión física y palpable del rechazo de la diversidad y que se muestra de múltiples formas, que van desde la violencia física y verbal de los Occupy Pedofilyaj, hasta la homofobia más banal de los chistes y canciones del tipo “!maricón el que no bote!” o “maricón el último”.

El comando Occupy Pedofilyaj, ejemplo de homofobia conductual.

La homofobia institucional, que persigue, condena o incluso niega, de forma más o menos contundente, la igualdad desde las leyes, los medios, la justicia o la política.

Y la homofobia liberal, que no es más que el desesperado intento de racionalizar y justificar el mantenimiento de un modelo social que nos discrimina y nos excluye.

El fin del mundo.

Para el homófobo liberal no somos sino unos invitados indeseables, pero inevitables, a los que se les exige que asuman su condición y se comporten con un mínimo de corrección y discreción. Se nos tolera siempre y cuando no tengamos el atrevimiento de hacernos visibles. La pluma es desagradable o ridícula, la reivindicación es un acoso, el lobby y la agenda gay son el demonio, las manifestaciones de cariño en público son inaceptables y, por supuesto, el orgullo es una provocación. Porque hacerse visibles implica cuestionar la naturalidad del estatus superior de la heterosexualidad y la inevitabilidad de un modelo heterocentrista y patriarcal en el que los hombres heterosexuales ocupan los puestos más altos de la jerarquía.

La simple manifestación de una alternativa cuestiona y erosiona la estructura misma de la sociedad que han construido, y si esta alternativa, además, se manifiesta de un modo positivo y abierto (¡qué horror y qué peligro!), esta estructura se desmorona. El homófobo liberal parece pensar, no sin razón que ¿quién en su sano juicio elegiría vivir en una sociedad pacata, encorsetada y asfixiante cuando frente a ella se abre el mundo lleno de color, alternativa y libertad de los “alegres gays”? Es lo que ellos, entre estupor y temblores, llaman “el fin de la sociedad.” Y ciertamente lo es. Es el fin de su sociedad. Pero creemos que es también el principio de una sociedad mejor donde nuestro estatus ya no depende de nuestro sexo, identidad, orientación o expresión de género.

El homófobo liberal no sólo nos quiere escondidos y sin voz, sino que además en cierto modo pretende que sigamos siendo el ejemplo de lo que les ocurre a aquellos que, al apartarse o cuestionar el sistema, son condenados al ostracismo, la soledad y la triste vida de los que se corrompen, se prostituyen y van a clubs de hombres nocturnos. ¡El infierno!, Reig Pla dixit.

Aunque siendo sinceros, hay que agradecerles que esta vez, este valor ejemplarizante no se concrete en hogueras de hinojo en medio de las plazas públicas. Ahora son más sutiles, pretenden únicamente devolvernos a los sofocantes armarios de donde jamás tendríamos que haber salido, a cambio, eso sí, de renunciar y sustituir la clásica represión del palo y las terapias electroconvulsivas, por la más sutil tolerancia represiva de la autocensura y del “Don't ask, don't tell “. Qué majos son.

El lugar que nos corresponde.

La homofobia liberal pretende la invisibilidad del colectivo LGBT

Para algunos, la homofobia liberal es quizás la más insidiosa, ya que disfrazada de comprensión, simpatía y sobre todo de una tolerancia mal entendida, alimenta la raíz misma de la discriminación, que es la consideración de que si bien, y sobre el papel, tenemos que tener garantizados los mismos derechos individuales (faltaría más), no somos iguales. Lo que implica que, tanto nuestra capacidad para intervenir, influir o cambiar “su sociedad”, así como nuestra capacidad para el ejercicio efectivo de nuestros derechos, ha de ser limitada. Este discurso hipócrita, autocomplaciente y facilón, centrado en “la natural e innegable diferencia entre ellos, los normales, y nosotros, los tolerados”, por desgracia llega muy fácilmente a grandes sectores de la población que lo asumen con la naturalidad propia de aquellos que no son conscientes de las consecuencias que conlleva convertir a una parte de la sociedad en invisible. Porque lo que no se ve no existe, no tiene necesidades, no tiene problemas, no tiene derechos, no tiene voz y termina convertido en la víctima perfecta del abuso y la discriminación.

Sin embargo, la moderna aparición de este tipo de discursos no es más que un esfuerzo desesperado por mantener vivo un caduco modelo de sociedad que ya está en plena descomposición. Un patético intento de pactar su propia derrota ofreciendo algo que ya ha dejado de pertenecerles. Porque nuestros derechos, nuestra voz y nuestra libertad no son ni un regalo ni una contrapartida que tengamos que suplicar, agradecer, discutir o negociar con nadie. Son como peces fuera de su elemento, luchando por seguir respirando, abriendo sus pequeñas y patéticas bocas mientras nos miran con esos tristes y desesperados ojos de aquel que se sabe agonizante.

Si bien tenemos claro que a nuestro alrededor sigue existiendo la discriminación y la violencia, algunxs tenemos la suerte de vivir en una burbuja de tolerancia, en un mundo que nos sigue siendo hostil. A pesar de que aceptamos la posibilidad de una regresión que nos devuelva a los tiempos de las persecuciones y el armario, o incluso a pesar de que a veces nos pueden ofender algunos discursos de este tipo, no podemos evitar sentir una perversa satisfacción ante algunas declaraciones representativas de esta homofobia liberal que nos rodea, ya que al final no dejan de ser, como la última pataleta de unos niños que se niegan a aceptar que el mundo ya no gira en torno a ellos y a sus necesidades.

¿Qué puede haber de más cómico que aquella macedonia de peras y manzanas de Ana Botella in plaza mayor? ¿los hombres nocturnos de Reig Pla quizás?

Las famosas peras y manzanas de Ana Botella, son esencialmente una estupidez, además de muestra de homofobia liberal

Hemos llegado a un punto de desarrollo en el que este tipo de discursos hipócritas difícilmente tiene cabida, porque de lo que se trata al final ya no es de si las personas homosexuales y en general todo el colectivo LGBTI+, deben tener más o menos derechos, sino de si la igualdad es el privilegio de unos pocos o un derecho universal.

La declaración de los derechos humanos comienza con ”Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos...“ Aquí no caben peros, ¿o si?

Okey Mackey, Universo gay.

La mattachine society, los primeros defensores del colectivo LGBT, pensaban que lo mejor era la normalización y la integración,  justo lo que quiere la homofobia liberal.

A lo largo de las próximas semanas, seguro que algún que otro iluminado homófobo liberal conservador, nos deleitará con alguna de esas perlas y, quién sabe si incluso conseguirá superar a los clásicos de siempre. Habrá que prestar atención. Mientras tanto lo que toca es irnos al gimnasio a hacer sentadillas para poder estar orgullosxs cuando en lo alto de las carrozas, vayamos enseñando el culo y las vergüenzas como diría Álvaro Pombo, un pre-gay y homosexual homófobo (según sus propias palabras) de la vieja escuela, que añora aquellos tiempos pasados de 1968 (¿o era 1689? :) cuando los 40 miembros de la Sociedad Mattachine daban vueltas embutidos en sus disfraces de señor y señora formales, mientras sostenían en silencio pancartas reivindicativas ante la curiosa y comprensiva sociedad que pasaba de largo...la diversidad es lo que tiene.

¿Orgulloso de qué? por ejemplo, y como diría Morgan Freeman, de no ser un imbécil.

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